domingo, 11 de noviembre de 2012

Complejos, fobias y manías de 10 escritores famosos


Nos encanta atribuir el talento de los escritores a los detallitos obtusos de su personalidad. Tengamos o no razón, es cierto que algunos saben aprovechar el rito y el desequilibrio mejor que otros. Pensar en los creadores como en locos atormentados nos permite colocarlos en pedestales, como si nosotros mismos no cojeáramos de diferentes pies (aunque nuestras debilidades sean por lo general estériles).
La presente lista responde a la curiosidad malsana de abordar algunos casos de mañas escriturales y de miedos paralelos a la labor creativa: de la disciplina exacerbada al pánico. Estos escritores tuvieron y tienen complejos, fobias y manías dignas de ser retratadas en historias creadas por otros escritores maníacos que podrían adquirir nuevas compulsiones durante la escritura, para ser retratados por otros escritores… y así sucesivamente.
Charles Baudelaire


Este poeta maldito tuvo que vérselas con una madre dominante que le causó incomodidades y apocamientos a lo largo de su vida. En palabras de José Luis Díaz-Granados,
Baudelaire sufrió innumerables complejos de castración (y de Edipo, desde luego) y al final sólo se sentía realizado en compañía de mujeres esperpénticas, inválidas, jorobadas o perversas.
¡Jorobadas…! Y, cuando se enamoró profundamente, eligió a Jeanne Duval, una actriz de poca monta cuyo hábitat se encontraba en los bajos fondos de París. Se cuenta que se portaba altiva con él y que le ponía los cuernos. (Independiente de su romance con esta señorita, si Baudelaire no estaba loco, qué desperdicio de retrato.)
Foto: Wikipedia
Tennessee Williams


El dramaturgo estadounidense, ganador del Pulitzer y artífice del gótico sureño eratímido, insomne, claustrofóbico, sufría ataques de pánico y luchaba constantemente contra el alcoholismo y la locura. Adoraba a su hermana Rose, quien pasó la mayor parte de su vida en manicomios. Un día sus padres autorizaron que le practicaran una lobotomía, cosa que Tennessee jamás les perdonó.
Sobre su muerte, la versión oficial dice que quiso tomar barbitúricos y que, al intentar abrir el frasco con la boca, se tragó el tapón por equivocación. Un suicidio accidental, una muerte por asfixia que se nota tan absurda como sombría.
Foto: Sala de Prensa. República Argentina
Haruki Murakami


El fanatismo de la disciplina puede rayar en el trastorno. Es obvio que para escribir hay que basarse en un método, como el de Henry Miller, quien tenía un decálogo al que solía ceñirse. Sin embargo, el caso de Murakami parece obsesivo. En De qué hablo cuando hablo de correr, el japonés dice:
Cuando estoy en el modo de escritura de una novela, me levanto a las 4 de la mañana y trabajo de cinco a seis horas. En la tarde corro 10 kilómetros o nado 1,500 metros (o ambos), después leo un poco y escucho algo de música. Me voy a dormir a las 9 de la noche. Mantengo esta rutina todos los días sin variación. La repetición se vuelve por sí misma una cosa importante, es una forma del mesmerismo. Me hipnotizo a mí mismo hasta alcanzar un estado profundo de mente. Pero conservar mucho esa repetición —de seis meses a un año— requiere una buena cantidad de fuerza física y mental. En ese sentido, escribir una novela larga es como el entrenamiento de supervivencia. La fuerza física es tan necesaria como la sensibilidad artística.
Foto: El Foco Magazine
Isaac Asimov


Aquí tenemos otro disciplinado incólume. Este escritor y bioquímico ruso-estadounidense trabajaba 8 horas al día, 7 días a la semana. No se tomaba ningún día libre, ni domingos ni fiestas de guardar: las borracheras de doble jornada (con sus resacas correspondientes) no entraban en su panorama. Para él, ese estricto horario era intocable. Nunca escribía más de 35 páginas al día y revisaba sus escritos una sola vez, porque consideraba que algo más habría sido una pérdida de tiempo. Me cuesta trabajo creer esto último.
Foto: Wikipedia
Honoré de Balzac


El autor de la Comedia humana sufría delirio de persecución y era un escritor nocturno. Se iba a la cama a las seis de la tarde y pedía a su criada que lo despertara a las 12 de la noche. Trabajaba durante unas seis horas. Para no alterar su creatividad, no consumía vino ni alimentos, pero sí café. Adoptaba esa rutina sólo por períodos, pero fue así como logró escribir más de cien novelas y narraciones cortas. Su dedicación a la escritura nos hace pensar que era un hombre muy educado y muy correcto; sin embargo Robert Schnakenberg asegura que tenía un apetito voraz y pésimos modales en la mesa:
Comía directamente del cuchillo y al masticar se le caían trozos de comida.
Y no se cerraba la camisa cuando iban a retratarlo. Muy en el tono de la novela realista.
Foto: Brain Pickings
Thomas Mann


¿Cómo hizo Mann para componer una obra monumental que le valió el Nobel? Según sus biógrafos, el escritor organizaba juntas familiares para debatir la congruencia de sus tramas y personajes, para solicitar comentarios, observaciones, sugerencias: desde aspectos narrativos hasta el uso de ciertas palabras. Cuentan que modificaba sus obras con base en los consejos de familiares y amigos, y que era tan minucioso en las construcción de sus personajes que incluso imaginaba cómo sería su firma. Un detalle insubstancial, miniaturista y encantador (yo hacía lo mismo cuando jugaba a las barbies).
Foto: Waldhotel Davos
Gabriel García Márquez


Por aquí y por allá se lee que el colombiano comparte con Mann ese hábito de pedir la opinión de los demás durante su proceso de escritura. Pero, en lugar de imaginar la rúbrica de sus protagonistas, hay rumores de que necesita flores amarillas para inspirarse: sobre su escritorio, regadas en el piso, en la pared… las versiones difieren entre sí. Ah, y también se dice que siempre escribe descalzo.
Tenemos aquí al ganador del premio a la manía más cursi y más inverosímil de la lista. Me da la impresión de que estamos ante un detalle falso que el mismo escritor difundió para envolverse en un halo romántico, y ahora se arrepiente de que lo imaginemos descalzo y rodeado de flores amarillas, como una Heidi bigotona que obtuvo el Nobel.
Foto: Vívelo Hoy
Jorge Luis Borges


Cuenta la leyenda que cada mañana se despertaba y, durante el baño, pensaba si lo que había soñado era digno de ser convertido en un cuento. Cuando el sueño era muy disparatado, él intentaba darle forma narrativa. La prueba está en dos de sus temas recurrentes: el laberinto y el espejo. En “La pesadilla”, el escritor habla de ambos, y de las máscaras, otra fobia con la que tenía que vérselas:
Siempre sueño con laberintos o espejos. En el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin dudas sentí en la infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo horrible. A veces (éstas son mis pesadillas más terribles) me veo reflejado en un espejo, pero me veo reflejado con una máscara. Tengo miedo de arrancar la máscara porque tengo miedo de ver mi verdadero rostro, que imagino atroz. Ahí puede estar la lepra o el mal o algo más terrible que cualquier imaginación mía…
Foto: A Piece of Monologue
Virginia Woolf


Entre su tendencia a la depresión, los horrores de la guerra y la probabilidad de que los nazis invadieran Inglaterra (su esposo Leonard era judío), la Woolf entraba en pánico. Pero, más que la guerra o la tristeza, Virginia tenía miedo a la locura. En 44 escritores de la literatura universal, Jesús Marchamalo lo describe así:
Tuvo un miedo feroz, irracional, lento y agonizante a la locura, a escuchar pájaros hablando entre ellos en griego…
Era el trabajo lo que la mantenía viva y, cuando se encontró imposibilitada para ello, optó por el suicidio, ahogándose en el río Ouse, con los bolsillos llenos de piedras, para evitar que su cuerpo flotara.
Foto: El País
J. D. Salinger


Jerome David Salinger, cuentan, tenía fobia social, y ésta, contaba él, se extendía a su escritura:
Hay una paz maravillosa en no publicar. Es pacífico, tranquilo. Publicar es una invasión terrible de mi privacidad. Me gusta escribir. Amo escribir. Pero escribo sólo para mí mismo y para mi propio placer.
No le creo. Nadie escribe para sí mismo. Incluso lo que se guarda bajo llave… en el fondo tenemos la esperanza de que alguien fuerce la cerradura. ¿Concuerdan conmigo o consideran que estoy aprovechando para ventilar mi exhibicionismo e incluso estoy dispuesta a darles la razón, a ustedes y a Salinger?
Foto: La Tercera

Como es mi costumbre, hice una selección arbitraria: dejé fuera a Proust y su miedo a la asfixia, a Rulfo y su pánico escénico, a Hemingway y el rencor que le guardaba a su madre, a Dostoievsky y su miedo a la oscuridad (sin mencionar su afición al juego)… Tal vez este post necesite una segunda parte. Bienvenidas las sugerencias.
Tomado de Monkey Zen con licencia creative commons